sábado, 16 de noviembre de 2013

No existe dolor en la batalla

El siglo VII de nuestra Era registró la aparición y expansión fulminante del Islam.
En sus últimos años de vida, Mahoma se había convertido en un caudillo no sólo religioso, sino también político y militar.
Después de haber conseguido unificar a las diversas tribus que habitaban Arabia, había comenzado a extender su influencia a las tierras vecinas.
En el año 629, envió cartas a los reinos vecinos para invitarlos a abrazar el Islam.
El rey de Bizancio, un poderoso y próspero imperio en ese momento, asesinó al enviado que traía esa carta.
Eso produjo la respuesta de los musulmanes, que se aprestaron a la batalla.
Cuando el ejército musulmán, formado por tres mil hombres llegó a la localidad de Muta, se encontró con el ejército bizantino compuesto por cien mil soldados, bien armados, equipados y entrenados.
Los musulmanes nunca se habían enfrentado a un ejército tan numeroso.
Obviamente iba a ser una batalla encarnizada y desigual, pues cada guerrero musulmán debía luchar contra treinta y tres del enemigo.
Sin embargo, los musulmanes tenían la audacia que les daba su fe en la victoria.
Y la convicción de que morir en la batalla les convertiría en mártires.
Pronto comenzó la feroz lucha, y los musulmanes se lanzaron con furia en medio de las compactas filas bizantinas.
Apenas comenzada la batalla, el comandante del ejército musulmán cayó muerto.
Pero antes de que tocase el suelo el estandarte que portaba, lo cogió el segundo oficial en la cadena de mando.
A su vez, este oficial cayó muerto.
Y de nuevo el tercero en el mando, Zaid Ibn Hariza, recogió el estandarte con su mano derecha, evitando que cayese al suelo.
Al mismo tiempo que lo hacía, blandía la espada con su mano izquierda, luchando contra los guerreros bizantinos.
Zaid se vio inmediatamente rodeado y al sentir que su caballo estaba obstruido por los guerreros enemigos que le rodeaban, se apeó de él y continuó luchando de pie.
Mientras golpeaba furiosamente a sus adversarios con la espada que portaba en la mano izquierda, no dejaba de levantar el estandarte con su mano derecha.
Varios guerreros bizantinos le atacaron simultáneamente y le produjeron numerosas heridas con sus espadas y con sus lanzas.
Pero Zaid continuaba erguido, como si no sintiera el dolor, sosteniendo el estandarte con su mano derecha mientras blandía la espada con la izquierda.
Para obligarle a soltar la bandera, sus adversarios le descargaron sus golpes de espada sobre su mano derecha, seccionándosela.
Pero Zaid agarró el estandarte con su mano izquierda, sin dejar que cayese al suelo.
Los guerreros bizantinos le cortaron entonces la mano izquierda con sus espadas.
Pero él agarró el estandarte con ambos muñones, de los que brotaba la sangre como si fueran dos bocas de riego, evitando que cayese al suelo y fuese pisoteada por los enemigos.
Ayudándose incluso con los dientes, consiguió clavar el estandarte en la tierra, antes de ser rematado por nuevas y letales heridas de sus oponentes.
La batalla finalmente acabaría en un virtual empate militar, pese a la disparidad de fuerzas, gracias a la determinación y ferocidad de los guerreros islámicos, quienes no tardarían mucho en acabar derrotando al imperio bizantino.
En cuanto a Zaid, que en seguida pasaría a engrosar la lista de héroes de leyenda de la tradición islámica, se encontraron en su cuerpo más de noventa heridas de espadas y lanzas, producidas durante la batalla.
Las heridas debieron producirle un enorme destrozo corporal, antes de caer muerto.
Aunque probablemente él ni siquiera llegó a sentir el dolor de sus heridas.
Inmerso como estaba en el fragor de la batalla, el lacerante dolor de sus heridas debió quedar mitigado por la acción de uno de los analgésicos más potentes que existen: las endorfinas.
Estos neurotransmisores pertenecen a la familia de los opioides, similares al opio o a sus derivados como la morfina y la heroína.
Sin embargo, tienen una potencia entre 100 y 1000 veces superior a estas drogas.
Todos hemos conocido alguna vez sus prodigiosos efectos analgésicos, incluso si no nos han amputado ningún miembro en la batalla.
Basta con que alguna vez nos hayamos visto involucrados en una pelea física o hayamos experimentado algún tipo de accidente.
Es muy posible que, si sufrimos algún tipo de daño o herida durante estos trances, sólo lo descubriésemos más tarde, sin que en el primer momento nos apercibiésemos siquiera de ello.
Y es que el dolor físico sirve para alertarnos de que algo está causando daño a nuestro organismo, por ejemplo cuando nos quemamos la mano con el fuego, y nos impulsa a tomar la acción inmediata de retirar la mano del fuego, para evitar un daño mayor.
Pero a veces, nos conviene aplazar temporalmente el dolor en situaciones de riesgo máximo, o impedir al menos que ese dolor llegue a extremos que no podamos soportar.
Desde una perspectiva evolutiva, resulta muy ventajoso que un individuo que es herido, vea temporalmente bloqueados sus mecanismos de dolor para poder tener tiempo de escapar de un depredador, un enemigo, u otro tipo de amenaza inmediata.
Las endorfinas cumplen maravillosamente esta función de bloqueo del dolor.
Y al mismo tiempo conforman la esencia misma del placer.
Si existe dolor físico o moral, las endorfinas pueden actuar como un analgésico extremadamente eficaz para apagar ese dolor.
Y si no existe dolor, entonces el efecto de las endorfinas es un intenso placer.
Una droga natural que nos permite experimentar la dulce rapsodia mental de la euforia.
Y al mismo tiempo asegura que no exista dolor en la batalla.

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