
Naturalmente, el pianista sólo ha
podido llegar a ser un experto gracias al proceso de automatización de
secuencias, que permite que el comportamiento se vuelva cada vez más complejo.
El pianista tuvo que aprender primero
cómo colocar los dedos sobre las teclas.
Tuvo que memorizar cuáles eran las
notas del pentagrama.
Necesitó averiguar a qué nota correspondía
cada tecla del piano.
Debió realizar y entrenar los
movimientos básicos.
Tuvo que aprender cómo debía hacer
una nota sostenida, etc.
A medida que fue aprendiendo y
automatizando estos conocimientos, pudo pasar al aprendizaje de nuevos
conocimientos o movimientos más complejos.
Y gradualmente aprendió a hacerlo sin
tener que prestar atención consciente a lo que ya había aprendido con anterioridad.
En realidad, como se demuestra en las
pruebas de laboratorio, si el pianista tratase de prestar atención consciente a
las secuencias de movimiento que ya había aprendido y automatizado, su
desempeño no mejoría.
Empeoraría de forma sustancial.
Es como cuando intentamos prestar
atención a la forma como andamos.
De repente nos parece que no sabemos
andar y nuestros movimientos se vuelven torpes e inexpertos.
El hecho de prestar atención
consciente, activa zonas cerebrales de la corteza prefrontal.
Y eso hace que nuestro cerebro se
ponga en modo de “exploración”, que es el modo que adquiere cuando aprendemos una
conducta por primera vez o cuando nos enfrentamos a cualquier tipo de situación
novedosa.
Cuando nuestro cerebro se encuentra
en modo de exploración, casi todas las áreas de nuestro cerebro se activan, en
un intento de prestar la máxima atención.
Y eso consume una gran cantidad de
energía.
Sin embargo, una vez que nuestro
cerebro descubre cuál es la representación neuronal más eficiente de un
determinado aprendizaje o de una nueva secuencia de movimientos, tiende a
automatizar esta secuencia.
Y cuando lo hace, ya no necesitamos seguir
prestando atención consciente a la misma.
La conducta derivada de la nueva
conexión sináptica creada, tenderá a producirse de forma espontánea, casi sin
esfuerzo y con muy escaso gasto de energía.
Por eso, podemos compatibilizar
fácilmente una tarea automatizada con una tarea novedosa.
Eso es lo que sucede cuando
ejecutamos automáticamente una secuencia bien aprendida de movimientos de
piano, y al mismo tiempo tratamos de aprender un movimiento nuevo.
En cambio no podemos hacer dos tareas
novedosas al mismo tiempo.
Necesitamos prestar nuestra atención
a una u otra de las tareas, pero si intentamos hacer las dos al mismo tiempo
nuestra ejecución resultará desastrosa.
En
cada estadio del aprendizaje, se necesita limitar la cantidad y
complejidad de la nueva información que
debe adquirirse y aprenderse.
En
caso contrario, se corre el riesgo de desbordar la memoria de trabajo, generando frustración y dificultades para continuar
avanzando con el aprendizaje.
Sin
embargo, una vez que se ha asimilado mediante la comprensión y la repetición un
nuevo aprendizaje, éste llegará a poder reproducirse casi por mera inercia, de un modo
prácticamente inconsciente.
Entonces se podrá avanzar con el
siguiente nivel de aprendizaje.
En
cada momento hay que buscar el equilibrio para enfrentarse a nuevos desafíos
que no sean ni demasiado
fáciles ni demasiado difíciles.
Si nos empujan mucho más allá de los
límites psicológicos de nuestra zona de comodidad, los sentimientos de fracaso pueden
comenzar a surgir.
Pero si no nos empujan más allá de
dicha zona, no nos sentiremos desafiados ni estimulados.
Incluso, si la tarea resulta
demasiado fácil y repetitiva, probablemente nos aburriremos.
Debemos estar continuamente renovándonos.
Deshaciendo los aprendizajes y
conductas previamente aprendidos y convertidos en rutinas.
Y aprendiendo nuevas habilidades que nos
permitan progresar y ser cada vez mejores.
Esa es la clave de cualquier proceso
de aprendizaje.
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