martes, 22 de octubre de 2013

En busca del poder interior


Hace unos 3.500 millones de años surgieron en la Tierra las condiciones químicas que acabarían permitieron la transformación de la materia inorgánica en materia orgánica.
Trillones de combinaciones después surgieron unas moléculas capaces de auto-replicarse.
Aquellos replicadores han recorrido un largo camino.
Ahora se los conoce con el término de genes.
Y nosotros somos sus máquinas de supervivencia.
Representamos la especie superior.
Los amos del universo conocido.
Pero todavía venimos programados, como todos los organismos, para querer estar vivos, conseguir recursos, tener sexo y cuidar de nuestros hijos.
Desde la más remota antigüedad de los tiempos, cada ser humano ha luchado por alcanzar el poder que le permitiese conseguir estos objetivos.
Todos buscamos este poder y tratamos de alcanzarlo de diferentes formas.
Al principio el poder se conseguía desarrollando mayor masa muscular, un metabolismo más apto para el combate, mayor agresividad.
Entonces inventamos las espadas y las armas que nos permitían aumentar nuestra capacidad para infligir daño a los demás e imponernos mediante la disputa.
Y de este modo podíamos ganar estatus y control sobre los recursos sociales deseables.
Después comprendimos que hay otros modos de ganar la competición de estatus que no se desarrollan necesariamente a través de disputas de fuerza.
Aprendimos las ventajas de la interacción social para aunar aliados que permitiesen inclinar la posición de poder a nuestro favor.
También aprendimos que podíamos incrementar nuestro estatus aumentando la cantidad de territorios o bienes que poseemos.
O el tamaño de nuestra cuenta bancaria y de nuestras riquezas.
Entendimos igualmente que el éxito social podía alcanzarse también a través de los títulos, del prestigio, de la reputación.
O de tener un alto valor de intercambio mediante la posesión de conocimientos y habilidades que resultasen valiosos para los demás.
La suma de todos estos elementos y circunstancias determinan en cada momento los recursos externos con los que contamos.
Nuestro poder exterior.
Pero no es suficiente.
Queremos ir más allá.
Queremos el poder interior.
El poder que no depende de las cosas. Ni de los otros.
Y los hombres llevamos miles de años buscando las fuentes del poder interior.
En Oriente, inventaron las técnicas de meditación.
Aprendieron a concentrarse para controlar mentalmente sus impulsos emocionales.
A dominar su química cerebral para activar a placer las zonas de su cerebro que les hiciesen sentir más poderosos.
En Occidente aprendimos las técnicas del entrenamiento físico para modular nuestros estados de ánimo y elevar nuestro nivel de energía.
Aprendimos a someter a nuestro cuerpo a elevados niveles de estrés físico para endurecerlo.
Y en el proceso, fortalecer también a nuestra voluntad, incrementar nuestra fuerza, robustecer nuestro autocontrol.
Aprendimos a trabajar sobre nuestro cuerpo para incidir sobre el caldo hormonal que se produce en nuestro cerebro.
Todos buscamos el poder interior.
El pode que emana desde dentro que todos son capaces de percibir.
El poder ante el cual todos experimentan una reverencia profunda y apenas comprensible desde una perspectiva lógica.
El poder que nos ayuda a conseguir nuestros objetivos sin casi encontrar resistencia.
Citando a Carlos Castaneda, “Lo que determina el modo en que uno hace cualquier cosa es el poder personal. Un hombre no es más que la suma de su poder personal. Y esa suma determina cómo vive y cómo muere.”

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