
Y durante todo este tiempo, la
mayoría de los expertos consideró que era una marca imbatible.
Se pensaba que Beamon había alcanzado
el límite de lo “humanamente posible”.
En 1991, 23 años más tarde, se
celebraba en Tokio la final del Campeonato Mundial de Atletismo.
Y un deportista emergía como gran
favorito para la prueba de salto de longitud.
Era Carl Lewis, conocido como “el hijo del viento”, quien había venido ganando 65 competiciones consecutivas de
salto de longitud.
Lewis se dispuso a correr en la pista
número uno.
Delante de él se erigía un muro
invisible que había levantado Beamon en los 8.90 metros .
El atleta corrió, tomó impulso con
sus poderosas piernas y saltó tan lejos como pudo.
En los 8.91 metros sus tacones
se clavaron en el suelo.
La marca de Beamon había quedado
pulverizada después de 23 años, por un solo centímetro.
El estadio rugió y los periodistas
transmitieron inmediatamente a todo el mundo la gran proeza deportiva que
acababa de acontecer.
Detrás de Lewis se dispuso a saltar
un atleta casi desconocido, Mike Powell.
El atleta miró un punto invisible y
lejano delante de él.
No veía ni escuchaba nada más.
Su concentración era máxima.
En los 8.90, donde Beamon había
caído, él aún seguía en el aire.
En los 8.91, Lewis le miró con
incredulidad: aún llevaba suficiente impulso… 92, 93, 94, y ¡95!
Sus talones dejaron una marca en la
arena a la sideral distancia de 4 centímetros por encima de la plusmarca que
acababa de establecer Carl Lewis.
La multitud del estadio estalló ahora
en gritos y aullidos realmente enfervorizados.
La capacidad humana de salto había
sido completamente redefinida.
En realidad, las proezas alcanzadas
por Lewis y Powell no tenían sólo que ver con su pericia técnica.
Tenían que ver, sobre todo y de un
modo fundamental, con su capacidad de auto-motivación para alcanzar una
determinada meta altamente ambicionada.
Lewis anhelaba más que nada en el
mundo poder batir al inmortal Beamon.
Y para Powell, vencer al propio Lewis,
alcanzando además un nuevo registro histórico, representaba el colmo de sus
aspiraciones.
Ambos corredores fueron capaces de
encontrar el impulso interno y la motivación que les acabarían convirtiendo en
protagonistas de una de las mayores gestas de la historia del atletismo.
Sin duda, la motivación, constituye
una de las claves del éxito en cualquier disciplina deportiva y, en realidad,
en cualquier área de la actividad humana.
En todos los campos de competición,
los ganadores suelen ser aquellos capaces de encontrar una meta que pueda
inspirarles un intenso y apasionado deseo para su logro.
Aquellos que hayan la motivación para
luchar de forma más intensa y persistente que sus competidores.
Y tardan un poco más en rendirse que
ellos, incluso en condiciones en las que las probabilidades parecen poco
favorables.
Aquellos que son capaces de soñar
grandes cosas, pues como dejo Daniel H. Burnham:
“No hagas planes pequeños.
No tienen magia para agitar la sangre de los hombres y
probablemente no serán realizados.
Haz grandes planes.
Apunta alto en tus esperanzas y tus labores.
Y recuerda que un propósito noble y lógico, una vez
grabado, no morirá”.
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