
Y eso a su vez tiene el efecto de reducir progresivamente
nuestros esfuerzos y nuestra motivación, hasta conducirnos eventualmente a la
rendición final.
Esta lógica de la rendición tiene su fundamento biológico
en la necesidad prehistórica de regular nuestra energía y proteger nuestra integridad,
cuando nos enfrentamos a retos que parecen superarnos.
Pero no siempre el fracaso nos afecta de la misma forma.
En buena parte, su efecto depende de cómo y cuándo se
produzca dicho fracaso.
Existen momentos psicológicos de mayor vulnerabilidad en
los cuales las personas somos más propensas a desarrollar sentimientos de
frustración e indefensión en respuesta al fracaso.
Un momento especialmente sensible tiene lugar en el
primer momento de toma de contacto con una nueva actividad.
En general, las personas tendemos siempre a crear
nuestras expectativas en base a nuestras experiencias pasadas.
Y el orden en que éstas se producen no es indiferente.
Las primeras impresiones son las que suelen tener un
efecto más perdurable y difícil de cambiar.
Si nuestras primeras experiencias con una nueva actividad
que comencemos a realizar, o un nuevo entorno en el que comencemos a
desenvolvernos son negativas, es muy probable que desarrollemos sentimientos de
frustración persistentes respecto a dicha actividad o entorno.
Si, pongamos por caso, la primera vez que intentamos
esquiar nos caemos y nos hacemos mucho daño, existen bastantes probabilidades
de que cojamos miedo al esquí.
Y nos costará mucho llegar a perder ese miedo.
En cambio, si nos caemos después de haber esquiado diez o
veinte veces, la frustración y el miedo serán mucho menores y rápidamente
superables.
Las primeras experiencias tienen una influencia mayor y
más duradera sobre nuestro ánimo que las experiencias siguientes.
Sin embargo, todos tenemos la capacidad de incrementar la
resistencia a la frustración que se produce en estas circunstancias si
adoptamos la perspectiva mental adecuada.
En última instancia, no es el fracaso, sino la
interpretación cognitiva que hacemos del mismo, la que nos induce a la rendición.
Cuando cambiamos la forma de percibir e interpretar las
experiencias que nos acontecen, producimos cambios en nuestro cerebro y en la
respuesta biológica de todo nuestro organismo.
Nuestra interpretación condicionará tanto nuestros
sentimientos como nuestras expectativas.
Necesitamos generar expectativas positivas y podemos
hacerlo si pensamos que el índice de fracasos y errores de cualquier
aprendizaje suele ser muy alto.
Pero que esos fracasos se deben a causas que son
controlables mediante el aprendizaje y el entrenamiento.
Incluso cuando todavía no seamos capaces de apreciarlo
por nosotros mismos, nuestra persistencia y dedicación nos conducirán con toda
probabilidad a realizar progresos importantes.
Como decía William James, “Es nuestra actitud al
principio de una tarea difícil lo que, más que cualquier otra cosa, afectará a
nuestro desenlace exitoso”.
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