martes, 13 de agosto de 2013

Tipología de profesores calamitosos

En homenaje a los buenos profesores, vamos a dedicar este artículo a trazar el retrato de algunos perfiles de malos profesores.
Sea en el colegio, en el instituto, en la universidad o en la empresa ¿quién no los ha sufrido?
Comencemos por el profesor aburrido.
Este tipo de profesor entra en la clase con gesto inexpresivo y mirada ausente, anunciando a todos con su lenguaje corporal lo que les espera a continuación.
En cuanto ha colocado las transparencias o se ha acomodado los textos que se dispone a leer, abre la boca y comienza a emitir un hilo de sonido lento y parsimonioso, que va arrastrándose interminable por los kilométricos párrafos que ha de leer.
El profesor aburrido nunca ha oído hablar de recursos de oratoria como el énfasis, las inflexiones, los acentos, las pausas o los cambios de entonación.
Técnicas pedagógicas tan sofisticadas como la utilización de ejemplos, anécdotas, símiles o preguntas, ni los mencionamos.
A los cinco minutos de comenzar la clase del profesor aburrido, los alumnos comienzan a mirar el reloj.
A los 15 minutos están dando golpecitos para comprobar si se ha parado.
A la media hora, algunos agitan con violencia sus relojes convencidos de que es imposible que el tiempo se haya detenido.
Los que se sientan en el fondo hace tiempo que han caído en los brazos de Morfeo.
Inconmovible, el profesor aburrido continúa presentando su información con voz monocorde y sin levantar jamás la vista de sus papeles o sus diapositivas, hasta que su arrullo narcotizante ha conseguido vencer la entereza del último alumno que se resistía a dar cabezadas.
Nuestro siguiente perfil de profesor calamitoso es el del profesor funcionarial.
Este tipo de profesor se caracteriza por tener un escrupuloso y exclusivo interés por apegarse a las reglas y formalismos del programa formativo y de la institución donde imparte sus clases.
Su misión pedagógica en la vida consiste en llevar a cabo ese programa punto por punto de acuerdo con cada una de las pautas y procedimientos establecidos.  
Su lema podría ser “Nos tiene que dar tiempo de ver todo el temario”.
Parece creer que el desarrollo personal y profesional de sus alumnos está en serio riesgo si no consigue meter con calzador hasta el último punto del temario programado.  
Y por supuesto, lo que no está en el programa, no existe.
Con su discurso repleto de unidades, capítulos, bloques, exámenes, notas, grupos, horarios y certificados, este profesor es capaz de destruir la motivación de los alumnos más dispuestos.
No importa lo interesantes que pudieran parecer a priori las materias y actividades del programa, él hallará la forma de convertirlas en rutinaria y anodinas, quitándoles el menor atisbo de aliciente, reto o emoción.
Cuando haya finalizado el programa, se sorprenderá de que el proceso de volcar el jarrón de su conocimiento en el vaso del cerebro de sus alumnos haya resultado tan infructuoso.
“Mira que yo he dado todo el programa”, se dirá a sí mismo. “Pero los alumnos no estudian lo suficiente”.
Y con esta explicación, se quedará tan pancho.
Que pasen los siguientes alumnos.
Finalmente vamos a detenernos en la descripción del profesor pasota.
El profesor pasota se considera a sí mismo un menda que da clases para ganarse la vida.
Y punto.
Está convencido de que su cometido técnico se limita a dictar la lección, e intenta hacerlo siguiendo el lema “vive y deja vivir”.
Cuando llega a clase, saca los raídos apuntes que fotocopió hace 15 años y nunca se preocupó de actualizar y comienza a leerlos con desgana.
Los alumnos perciben rápidamente su desinterés, y se ponen a buscar con desesperación alguna ocupación que les permita distraer su mente durante la siguiente larga hora de clase.
Pronto, algunos se ponen a hablar entre ellos.
Otros atienden llamadas que les entran.
O se dedican a intercambiar mensajes tecleando briosamente sus móviles.
Al fondo, los más audaces han decidido jugar a la pocha.
Impertérrito, el profesor pasota continúa recitando parsimoniosamente su lección, inmune al bullicio de fondo que no para de crecer.
Los días en los que se siente particularmente perezoso, les dice a sus alumnos: “hoy vamos a aprender haciendo”.
O si el profesor pasota es del tipo sofisticado, les dirá “hoy vamos a hacer learning by doing
A continuación, les mandará “hacer” cualquier tarea que les ocupe buena parte de la clase, mientras él sestea o consulta las últimas novedades deportivas.
“Muy bien”, les dirá, “ahora que cada uno vaya leyendo lo que ha escrito o contando lo que ha hecho, y los demás vais tomando notas”.
Con esto, mal se tienen que dar las cosas para que no le den las campanadas de fin de clase.
Y hasta aquí, en fin, nuestro breve repaso de perfiles de profesores calamitosos.
Hay muchos más, pero baste esta pequeña muestra para invitarnos a la reflexión.
Tener una colección de títulos académicos, un amplio currículo como formador, o haber pasado alguna oposición, no es garantía de ser un buen profesor.
Se necesitan ciertas cualidades personales, y en especial la pasión por la enseñanza y el aprendizaje.
Y también se requiere un buen conocimiento de las mejores técnicas didácticas y pedagógicas, y la disposición a seguir aprendiendo el resto de la vida.
Que vivan los buenos profesores.
Y que Dios nos ayude a sobrellevar a los calamitosos.

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