martes, 18 de junio de 2013

Practicar el judo con la influencia del grupo

En una investigación realizada sobre la influencia grupal, se dividió a los vecinos de una comunidad en dos grupos.
A los vecinos de uno de los grupos se les fue visitando para solicitarles un donativo para una causa benéfica.
Al otro grupo se le visitó igualmente, pero en este caso se exhibió la lista de los vecinos que ya habían realizado una donación a la causa benéfica.
Los resultados fueron que las aportaciones realizadas por el segundo grupo fueron sustancialmente mayores a las del primer grupo.
El experimento también verificó que cuanto más larga era la lista de los contribuyentes, tanto mayor era la probabilidad de obtener una nueva contribución.
Y aún más, cuantas mayores eran las donaciones que aparecían en la lista, como realizadas por los demás vecinos, tanto mayores eran también las contribuciones que hacían los nuevos vecinos visitados a quienes se mostraba dicha lista.
Y es que, aunque no nos demos cuenta, los seres humanos estamos permanentemente influyendo en los demás y siendo influidos por los demás.
Con mucha frecuencia miramos a nuestro alrededor para decidir qué es lo que debemos hacer.
Las acciones de quienes nos rodean nos dan importantes pistas para definir nuestra propia conducta a la hora de decidir a qué hora debemos llegar al trabajo, si  debemos o no llevar corbata, cuánto tiempo debemos dedicarle al café de media mañana, o qué debemos hacer durante nuestro horario de trabajo.
Cuantas más personas hacen algo, especialmente si dichas personas se parecen a nosotros y por tanto nos sirven de referente, tanto más probable es que les imitemos.
Reconozcámoslo. Este fenómeno denominado del “consenso social” -si otros lo hacen, debe ser bueno- no resulta del todo simpático. En cierta forma implica que quizás las personas no somos tan autónomas e independientes como nos gusta pensar.
Pero dado que innumerables investigaciones corroboran que se trata de uno de los principios explicativos de la conducta humana más poderosos y universales que existen, es mejor aceptarlo que negar la evidencia.
Y una vez que hemos reconocido la evidencia, podemos intentar practicar el judo para aprovechar la fuerza de este poderoso principio, darle la vuelta y ponerlo a nuestro favor.
Tanto si se trata de influir sobre nuestra propia conducta, como si pretendemos ayudar a otras personas a evolucionar de forma positiva en el marco de un programa de entrenamiento y mejora, nos resultará a menudo más fácil hacerlo utilizando convenientemente la influencia de los demás.
Por ejemplo, si queremos fomentar el aprendizaje de un idioma, una técnica, o una habilidad, será más fácil que lo consigamos si propiciamos la formación de un grupo de participantes que comparten los mismos intereses.
Si queremos que los empleados practiquen deporte y un estilo de vida saludable, es más probable que lo consigamos si les unimos a la compañía de un grupo de personas que ya practique el deporte o los hábitos saludables.
Los cambios inicialmente impulsados por la influencia de los demás pueden fácilmente acabar siendo internalizados por los participantes, resultando así eficaces a largo plazo.
En la medida en que consigamos impulsar a otras personas – o a nosotros mismos- hacia una determinada acción, será mucho más fácil modificar la opinión que esas personas tienen de sí mismas para adecuarlas a sus actos.
Por ejemplo, una persona trabajará mucho si se siente internamente motivada para hacerlo. Pero también lo contrario suele ser cierto y a menudo es más sencillo de implementar. Una persona que trabaje mucho –quizás porque a su alrededor todos lo hacen- llegará a verse a sí misma como una gran trabajadora y construirá los valores internos que alineen su conducta con sus ideas.
Practicar el judo con la influencia del grupo puede resultar útil para ayudarnos a nosotros mismos o a otras personas a modificar ciertas conductas en un sentido positivo. Y estos cambios acabarán normalmente desencadenando los esperados cambios internos, en un proceso de mutuo refuerzo.

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