sábado, 22 de junio de 2013

La unión hace la fuerza. O no

A finales del siglo XIX el psicólogo norteamericano Norman Triplett realizó una serie de investigaciones con ciclistas, y descubrió que estos deportistas rendían más cuando entrenaban en compañía de otros ciclistas.
Más o menos por la misma época, el ingeniero francés Maximilian Ringelmann realizó una serie de estudios sobre la acción de grupos de personas tirando de una cuerda.
Y comprobó que en este caso la unión no hacía la fuerza, sino al revés. A medida que se iban sumando más personas al grupo, la contribución individual de cada una de ellas iba decreciendo.
Vemos por tanto que hay actividades y circunstancias en las que la presencia de otras personas potencia la ejecución individual y otras donde sucede justamente lo contrario.
¿De qué depende que suceda una cosa o la otra y por qué?
En general, el deseo de emular o superar a los que más se esfuerzan produce un efecto de arrastre, incrementando la motivación y el esfuerzo de los demás, como sucede con los ciclistas cuando entrenan juntos.
Pero otras veces el trabajo en grupo produce un efecto desmotivador contrario, como sucede con los grupos de personas que tiran de una cuerda, porque cada una de ellas tiene la sensación de que la recompensa será la misma para todos, no importa cuál sea su esfuerzo individual.
En  el campo del aprendizaje, el trabajo colaborativo aumenta la satisfacción y motivación de los participantes.
Y favorece la compartición de experiencias, conocimientos y aportes entre los miembros del grupo.
Pero puede tener un efecto desmotivador si se evalúa el resultado del grupo de forma conjunta, porque los individuos pueden tener la sensación de que no se está valorando de forma justa sus contribuciones individuales.
En algunos casos resulta simplemente que una tarea puede ser mejor desempeñada por una persona que por varias –pensemos por ejemplo en la lectura de un libro.
En general, el trabajo en grupo suele ser positivo cuando se trata de tareas sencillas o cuando los participantes se sienten seguros y confiado respecto a la tarea a realizar.
Pero si se trata de tareas que requieren un elevado nivel de concentración, como resolver problemas matemáticos complejos, o cuando los participantes se sienten inseguros respecto a la tarea a realizar, la presencia de otras personas puede ponerles nerviosos y de este modo perjudicar su desempeño.
También son conocidas las posibilidades de generación de ideas creativas en grupo cuando el trabajo se desarrolla en un ambiente relajado e informal.
Pero cuando se requiere un alto nivel de creatividad el grupo no es necesariamente mejor que el individuo.
De hecho, prácticamente no se conocen grandes obras de autores literarios, pintores, o directores de cine que hayan sido realizadas por equipos de varias personas.
Ello puede deberse a que los sentimientos básicos de cohesión grupal pueden promover una tendencia hacia la conformidad que dificulta la generación de puntos de vista excesivamente novedosos o discrepantes.
En definitiva, las ventajas del aprendizaje colaborativo son claras y existen a muchos niveles.
Pero conseguir que lo sea requiere saber en qué circunstancias y en qué tipo de tareas conviene aplicarlo y cuando no resulta conveniente hacerlo.

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