lunes, 24 de junio de 2013

La ecuación humana del conocimiento

En las últimas décadas las organizaciones parecen cada vez más preocupadas con el problema de la gestión y compartición del conocimiento.
El objetivo: evitar la duplicación absurda de esfuerzos debido a que el conocimiento ya existente en alguna parte de la organización no se ha compartido de forma adecuada.
En la práctica, muchas de estas iniciativas fracasan porque se centran de forma casi exclusiva en las soluciones tecnológicas, descuidando el lado humano de la ecuación de conocimiento.
En realidad, el problema de la compartición y transmisión del conocimiento no es nuevo, sino que se remonta a los orígenes mismos de la humanidad.
Sólo los humanos hemos desarrollado la capacidad de transmitir socialmente, de generación en generación, en forma estable y fidedigna, una enorme cantidad de información, conocimientos y destrezas.
La capacidad de transmisión cultural supuso una enorme ventaja adaptativa que tuvo que generar necesariamente una presión selectiva que favoreciese las mutaciones genéticas que ayudasen a dicha transmisión cultural.
Podemos adivinar que esta capacidad de transmisión cultural, casi exclusiva de nuestra especie, debió producir cambios en la psicología de nuestros ancestros.
Y que ello acabó produciendo la emergencia del mecanismo del prestigio, tan exclusivamente humano, como forma de ganar estatus.
Sólo en las sociedades humanas es posible ganar estatus, no mediante la disputa, sino haciéndose más atractivo y valioso para los demás.
El prestigio se gana a través del consentimiento y la deferencia que voluntariamente ceden los demás miembros del grupo a aquellos de entre ellos que alcanzan un mayor grado de excelencia en una determinada parcela de actividad o conocimiento. 
Podemos imaginar que ya en la época prehistórica, debía haber cazadores que desarrollasen conocimientos o habilidades superiores a la media.
Y que aquellas personas del grupo que fuesen capaces de aprender e imitar las técnicas que utilizaban dichos cazadores excelentes, incrementarían sus propias posibilidades de supervivencia.
De modo que la selección natural tendería a favorecer aquellos comportamientos que permitiesen copiar y adquirir estas capacidades de aprendizaje eficiente.
Ahora bien, esas personas que servían de modelo para los demás, no tendrían razón alguna para compartir su conocimiento y sus destrezas, a menos que obtuviesen contrapartidas por ello.
De modo que la selección natural favoreció aquellos comportamientos de deferencia, respeto y obsequio, que hacían más probable que dichas personas destacadas estuviesen dispuestas a compartir sus conocimientos con quienes mostraban dichas conductas reverentes hacia ellos.
Por eso, a lo largo de toda la historia de la humanidad, la excelencia en algún conocimiento o habilidad socialmente valiosos han permitido obtener el reconocimiento de los demás miembros del grupo, es decir, el prestigio social.
Y hoy en día sigue siendo igual.
¿Por qué tendrían las personas que compartir su conocimiento en el seno de las organizaciones?
La tarea de documentar, transferir y compartir el conocimiento requiere tiempo y dedicación, y las personas están muy ocupadas con sus propios asuntos.
Y además, el conocimiento es poder y valía para quien lo posee. Y compartirlo con otros puede reducir ambas cosas.
A menos, claro está, que las personas que comparten ese conocimiento obtengan alguna contrapartida por hacerlo.
Y de eso justamente trata la ecuación humana del conocimiento.
Si queremos que las personas compartan, asegurémonos de que al hacerlo obtienen la contrapartida del prestigio social.
Que compartir el conocimiento les ayude a construir una identidad en la que sus compañeros les identifiquen como conocedores y expertos en la materia.
Y que ello les depare un claro beneficio personal. No en términos de dinero o de promesas de ascenso, sino en términos de respeto y de reconocimiento de sus pares.
Ese es el principal motor para la compartición y el intercambio de conocimiento.

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