sábado, 8 de junio de 2013

El enigma que tardó 300 años en resolverse

En 1637 Pierre de Fermat planteó un problema matemático dejando, de forma tentadora, una nota para la posteridad en la que sugería que poseía la respuesta, pero sin indicar cuál era.
Este fue el inicio de una búsqueda que duró tres siglos en la que numerosos científicos dedicaron toda su vida a la búsqueda infructuosa de la solución.
En 1908 el alemán Paul Wolfskehl, hijo de un rico banquero judío, decidió suicidarse después de ser rechazado por la mujer de la que se había enamorado.
Pero mientras llegaba el día en el que había programado su suicidio, se interesó por el teorema de Fermat e intentó resolverlo.
Enfrascado en el enigma, se le pasó el tiempo del suicidio programado, y entonces cambió de opinión y decidió no suicidarse.
Y dado que consideraba que el problema le había salvado la vida, creó un cuantioso premio económico para aquel que consiguiera resolverlo.
El premio lo ganó casi un siglo después el matemático inglés Andrew Wiles, tras dedicar siete años de duro trabajo a la resolución del problema, con un grado de concentración y determinación difíciles de imaginar.
Aunque los esfuerzos de Wiles y de cuantos le precedieron ayudaron a estimular el desarrollo matemático durante los últimos siglos, lo cierto es que estas personas no buscaban de forma deliberada este propósito.
Más bien su objetivo era simplemente resolver el endiablado enigma porque, una vez planteado, les atormentaba no conocer la solución.
Y es que todos los seres humanos necesitamos explicar las cosas, comprender su causa, darles sentido, unir causas y efectos.
Comprender el mundo y comprendernos a nosotros mismos nos confiere una sensación de poder y serenidad.
Por eso nuestro cerebro necesita crear patrones que den coherencia y significado a las cosas.
La creación de patrones es placentera para el cerebro.
Nuestro cerebro obtiene un gran placer tomando información aleatoria, caótica o incompleta, y ordenándola y entendiéndola y resolviéndola.
En eso consiste básicamente el aprendizaje.
No en memorizar los patrones que algún otro nos quiere imponer y regurgitar el significado que nos ha dictado.
Sino en construir nuestro propio significado, incrementar nuestros patrones mentales para reconocer, identificar, nombrar, organizar y quizás predecir la configuración de los elementos y eventos que conforman nuestro mundo conocido.

Y nuestro cerebro nos ayuda en esta tarea dándonos una gratificación cerebral cada vez que aprendemos o comprendemos algo, creando una experiencia de satisfacción.

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