lunes, 20 de mayo de 2013

¿Por qué nos cuesta tanto superar los (malos) hábitos?


¿Por qué a las personas nos puede llegar a costar tanto modificar nuestros hábitos para comenzar a seguir una dieta sana, dejar de fumar, abandonar el alcohol o hacer deporte de forma regular?

Según algunas encuestas, un 70% de la población querría cambiar algún hábito, aunque sólo entre un 5% y un 10% lo acabe consiguiendo.

No es raro observar que aquellos hábitos que hemos desarrollado durante nuestra niñez o juventud nos acompañarán durante el resto de nuestra vida, pues todos sabemos que intentar deshacernos de un hábito bien establecido es muy dificultoso.

Existen varias razones para explicar este fenómeno.

En primer lugar, los hábitos son difíciles de cambiar porque requieren abandonar las rutinas que ya habíamos conseguido establecer, y volver a tener que realizar un esfuerzo de atención consciente para desempeñar nuestras tareas, lo cual requiere más esfuerzo y consume más energía.

Por otro lado, los hábitos son difíciles de eliminar porque en la fase de aprendizaje se debieron disparar los sistemas de gratificación dopamínica, en forma de gratificación cerebral. Y quizás se han seguido disparando muchas veces, cada vez que dichas secuencia de conducta se reproducía.

Por ejemplo, cada vez que un fumador da una calada a un cigarrillo, obtiene una gratificación dopamínica que refuerza ese hábito.

Además al intentar cambiar o suprimir un hábito, producimos lo que en psicología se llama “percepción de error” del entorno, que es la reacción de frustración que experimentamos cuando no se cumplen las expectativas de lo que creemos que va a suceder.

Las personas estamos continuamente anticipando lo que va a suceder, y actuando en consecuencia, pero si nuestra anticipación resulta equivocada, experimentamos una sensación de error y desasosiego.

Por ejemplo, si apretamos el botón de mando de la televisión esperamos que el aparato se encienda, pero si esto no sucede, nos sentimos frustrados y desconcertados, porque se ha producido un error o divergencia de la realidad respecto a nuestras expectativas previas.

Estos errores causan una gran activación cerebral, en especial en las áreas cerebrales más estrechamente conectadas a la amígdala, sede del miedo y de las emociones negativas.

Y eso es lo que sucede cuando intentamos realizar cambios en nuestras rutinas.

Nuestro cerebro detecta estos errores o divergencias respecto a las expectativas creadas por la experiencia pasada, y se activan estas zonas emocionales que producen una sensación de malestar psicológico, a la vez que detraen energía de la zona de la corteza prefrontal, reduciendo nuestras capacidades intelectuales superiores.

Por tanto, todo cambio en los hábitos establecidos resulta incómodo, no importa lo justificado o razonable que sea –pero se puede hacer, si comprendemos el mecanismo de funcionamiento de los hábitos.

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