
Según algunas encuestas, un 70% de la población querría cambiar
algún hábito, aunque sólo entre un 5% y un 10% lo acabe consiguiendo.
No es raro observar que aquellos hábitos que hemos
desarrollado durante nuestra niñez o juventud nos acompañarán durante el resto
de nuestra vida, pues todos sabemos que intentar deshacernos de un hábito bien
establecido es muy dificultoso.
Existen varias razones para explicar este fenómeno.
En primer lugar, los hábitos son difíciles de cambiar
porque requieren abandonar las rutinas que ya habíamos conseguido establecer, y
volver a tener que realizar un esfuerzo de atención consciente para desempeñar
nuestras tareas, lo cual requiere más esfuerzo y consume más energía.
Por otro lado, los hábitos son difíciles de eliminar
porque en la fase de aprendizaje se debieron disparar los sistemas de
gratificación dopamínica, en forma de gratificación cerebral. Y quizás se han
seguido disparando muchas veces, cada vez que dichas secuencia de conducta se
reproducía.
Por ejemplo, cada vez que un fumador da una calada a un
cigarrillo, obtiene una gratificación dopamínica que refuerza ese hábito.
Además al intentar cambiar o suprimir un hábito,
producimos lo que en psicología se llama “percepción de error” del entorno, que
es la reacción de frustración que experimentamos cuando no se cumplen las
expectativas de lo que creemos que va a suceder.
Las personas estamos continuamente anticipando lo que va
a suceder, y actuando en consecuencia, pero si nuestra anticipación resulta
equivocada, experimentamos una sensación de error y desasosiego.
Por ejemplo, si apretamos el botón de mando de la televisión
esperamos que el aparato se encienda, pero si esto no sucede, nos sentimos
frustrados y desconcertados, porque se ha producido un error o divergencia de
la realidad respecto a nuestras expectativas previas.
Estos errores causan una gran activación cerebral, en
especial en las áreas cerebrales más estrechamente conectadas a la amígdala,
sede del miedo y de las emociones negativas.
Y eso es lo que sucede cuando intentamos realizar cambios
en nuestras rutinas.
Nuestro cerebro detecta estos errores o divergencias
respecto a las expectativas creadas por la experiencia pasada, y se activan
estas zonas emocionales que producen una sensación de malestar psicológico, a
la vez que detraen energía de la zona de la corteza prefrontal, reduciendo
nuestras capacidades intelectuales superiores.
Por tanto, todo cambio en los hábitos establecidos
resulta incómodo, no importa lo justificado o razonable que sea –pero se puede
hacer, si comprendemos el mecanismo de funcionamiento de los hábitos.
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