martes, 21 de mayo de 2013

La última copa de la noche y el poder de las consecuencias inmediatas

Cuando estamos en un local tomando unas copas, nuestro cerebro guarda un perfecto recuerdo, en función de las experiencias pasadas, de lo bien que nos sentarán esas copas, lo alegres, desinhibidos y eufóricos que llegaremos a estar en unos pocos momentos.
Así que tomamos la primera copa, y luego tomamos la segunda, y nos sentimos realmente bien.


En nuestro análisis inconsciente de los costes y beneficios de nuestra acción, tenemos una clara representación del goce de beber, y una muy pobre y vaga evocación del dolor de cabeza, las náuseas y el malestar general que sentiremos al día siguiente.


De modo que continuamos tomando otra copa más.


Al día siguiente, cuando nos estemos sintiendo mal, tendremos pleno acceso al dolor y malestar, mientras que el placer solo será un recuerdo borroso del día anterior.


Así que en ese momento, retrospectivamente, nos diremos que no ha merecido la pena beber.


El problema es que podemos vivir esta situación una y otra vez sin que nuestro cerebro inconsciente llegue a aprender del todo la asociación entre tomar la tercera copa y la resaca del día siguiente.


En definitiva, el cerebro aprende a través del efecto inmediato.

Si hacemos algo y obtenemos placer, esa actividad queda reforzada.

Si la actividad produce dolor inmediato, se produce un refuerzo negativo.

En cambio, si el bienestar o el dolor no se producen de un modo inmediatamente consecutivo a la acción, a nuestro cerebro le cuesta mucho más establecer la relación causa-efecto, y por tanto, el principio de los refuerzos apenas opera.

De modo que nos encontramos con que, si queremos romper un hábito, necesitamos producir un refuerzo negativo sobre dicha conducta, pero la mayoría de las veces el refuerzo negativo de las conductas indeseables no funciona tan bien como el refuerzo positivo que las convirtió en hábitos.

El refuerzo positivo derivado de muchos de los hábitos de los que solemos querer deshacernos, se produce de forma inmediata.

En cambio, las consecuencias negativas que suelen tener estas conductas generalmente tardan un cierto tiempo en producirse.

El cerebro es extraordinariamente eficiente en captar señales de refuerzo inmediato, pero cuando dichos refuerzos, positivos o negativos, se demoran, el cerebro apenas es capaz de establecer la asociación entre dichas conductas y sus consecuencias.

Por eso, nos resulta extraordinariamente fácil aprender que no debemos tocar una estufa encendida, porque nos quemamos y sentimos dolor inmediato.

Pero no somos capaces de aprender que no debemos fumar, porque las consecuencias, aunque puedan ser tremendamente dolorosas, sólo se producen años después de haber realizado la acción de fumar.

De modo que cambiar los hábitos bien establecidos requiere un gran esfuerzo y perseverancia, lo cual nos debería llevar a pensarlo muy bien antes de dejar que se instalen en nuestro cerebro según qué hábitos, especialmente durante la edad adulta.

Pero si estos hábitos ya instalados en nuestro cerebro son negativos ¿podemos hacer algo para liberarnos de ellos?
 
Afortunadamente la capacidad plástica del cerebro permite que el cerebro pueda sustituir las conexiones nerviosas que sustentan un determinado hábito siempre que dichas vías sinápticas dejen de utilizarse.   

El cambio es posible, pero es importante saber que el “olvido” de una determinada conducta o hábito no se produce sólo debido a una pérdida pasiva de los conocimientos almacenados, sino que requiere un proceso activo de formación de vías sinápticas alternativas.

Si queremos cambiar nuestra forma de pensar o de actuar, debemos crear nuevos cauces de pensamiento o acción que sustituyan a los antiguos.

De este modo, la vieja conexión sináptica se debilitará y el nuevo modo de conducta o pensamiento se fortalecerá.

Cada vez que repitamos la nueva conducta que queremos aprender, habremos dado un paso más en la sustitución de hábitos.

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