sábado, 18 de mayo de 2013

“La letra con sangre entra” y otras sandeces del refranero


     Quienes tengan más de 40 o 50 años probablemente guarden algún recuerdo sobre las diferentes modalidades de castigos físicos y emocionales que buscaban, en tiempos pasados no tan remotos, lograr un mejor rendimiento escolar a base de hostias.
Podemos imaginar el proceso mental que debió llevar a algunos de nuestros iluminados maestros de épocas pasadas a la conclusión de que el aprendizaje se podía favorecer a base de correazos.
Seguramente este proceso mental debió partir de la simple observación.
Supongamos por ejemplo que tocamos una plancha y nos quemamos. Esa situación producirá una activación de la amígdala, que es una zona del cerebro que se activa ante situaciones de estrés. La amígdala es un verdadero almacén de recuerdos emocionales, en especial de toda clase de recuerdos asociados a la sensación de miedo. De modo que el hecho traumático de tocar una plancha ardiendo, causará una descarga de adrenalina que potenciará a nuestra amígdala, formando un recuerdo emocional consciente o subconsciente muy intenso de la experiencia.
El resultado es que se habrá producido un aprendizaje muy poderoso en nuestro cerebro, que evitará que volvamos a tocar la plancha ardiendo.
Así pues, desde esta simple observación podemos concluir fácilmente que el dolor, el miedo y el estrés pueden favorecer el aprendizaje.
Y no nos equivocaremos del todo. ¿O acaso no se utiliza frecuentemente el miedo como elemento de educación del ciudadano en campañas de tráfico o contra el tabaco? Al exponer imágenes o vídeos que muestran las terribles consecuencias de fumar cigarros o de conducir de forma temeraria, se consigue educar de una forma muy eficaz a la población sobre los riesgos implicados en esas conductas.
Sin embargo, el gran error de los viejos maestros amantes de la correa fue no entender que el miedo sirve para aprender… pero sólo ciertas cosas simples, especialmente aquellas amenazas que debemos evitar.
La activación de la amígdala que se produce en las situaciones de estrés sirve para realizar aprendizajes simples del tipo "no tocar el fuego", "no provocar al jefe", o "no dormirse durante la clase".
Pero no sirve para aprender conceptos complejos, o para desarrollar soluciones creativas e innovadoras. 
Numerosos experimentos han mostrado que las personas sometidas a emociones negativas tienden a estrechar el ámbito de sus pensamientos y conductas posibles.
En cambio, las personas que experimentan emociones positivas tienden a resolver los problemas de un modo más creativo y global, en vez de enfocarse a soluciones ya conocidas y en detalles.
La razón de estas diferencias debemos buscarla en nuestro pasado prehistórico.
Desde una perspectiva evolutiva, podría resultar adaptativo que, cuando nos encontrásemos en situaciones ancestrales que implicaban una amenaza, lo que normalmente va asociado a emociones negativas, viésemos restringido nuestro rango de pensamientos y conductas posibles.
En esos momentos de riesgo inminente para la supervivencia no había tiempo para ser creativo, sino sólo para aplicar de forma inmediata unas pocas recetas ya conocidas, como luchar o huir.
En cambio, cuando nos encontramos en situaciones más propicias, que generalmente se asocian con emociones positivas, podemos ser más creativos e innovadores.
Podemos ampliar nuestra apertura mental porque en esos momentos tenemos tiempo para investigar diferentes posibilidades y distintas soluciones posibles a los problemas, lo que nos resultará útil a largo plazo.
Así que el clima ideal para favorecer el aprendizaje rico y complejo se produce cuando un participante se siente competente y seguro, al mismo tiempo que interesado e intrínsecamente motivado.
Por eso necesitamos generar un ambiente de apoyo, potenciación y desafío, que promueva las emociones positivas, asociadas con la liberación de dopamina cerebral. Solo así seremos capaces de incrementar nuestra capacidad creativa, nuestro desempeño intelectual, nuestra flexibilidad mental y nuestra capacidad de tomar decisiones acertadas. En definitiva, nuestras capacidades superiores de aprendizaje.
Si por el contrario favorecemos las emociones negativas, asociadas con la activación de la amígdala cerebral, interferiremos con el procesamiento cognitivo, tenderemos a estrechar el ámbito de los pensamientos y conductas posibles, y reduciremos la capacidad creativa y la flexibilidad mental.
Machacar física o emocionalmente a las personas no es un buen sistema pedagógico que favorezca el aprendizaje. Al contrario. ¡El estrés puede volveros más lerdos, atenuando nuestra inteligencia!

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