viernes, 24 de mayo de 2013

Cuando los incentivos desincentivan


En un conocido experimento de psicología social se propuso a dos grupos de alumnos la realización de una tarea. A un grupo se le prometió una recompensa y al otro no. Después, el experimentador salió de la sala, dejando que los alumnos realizasen la tarea.

El resultado paradójico fue el siguiente: los sujetos a los que no se les prometió nada, continuaron la tarea que tenían que hacer. Y aquellos a los que se les había prometido una recompensa, dedicaron menos tiempo.

Este experimento se ha repetido con distintas variables obteniendo siempre los mismos resultados. La diferencia en los tiempos de dedicación a la tarea indica las diferencias entre motivaciones intrínseca y extrínseca.

La motivación intrínseca se evidencia cuando realizamos una actividad por el simple placer de realizarla o por otras razones, pero sin que nadie de manera obvia nos incentive externamente a hacerlo.

Eso sucede por ejemplo cuando practicamos algún hobby o leemos algún libro porque la materia nos interesa, por curiosidad, por diversión, por sensación de placer, por sensación de éxito, o incluso por un sentimiento interno de deber, auto-exigencia o de colaboración con los demás.

La motivación extrínseca aparece cuando lo que nos atrae de una actividad no es la acción que realizamos en sí misma, sino lo que recibimos a cambio de la actividad realizada.

Eso sucede por ejemplo cuando estudiamos no porque nos guste hacerlo, sino porque queremos aprobar un examen, obtener un título o acceder a una promoción. O cuando trabajamos no por placer, sino solo porque queremos la paga.

Ambos tipos de motivación, intrínseca y extrínseca, no son necesariamente excluyentes entre sí y a menudo se puede conseguir el máximo grado de motivación al combinarlos.

De hecho, la motivación extrínseca puede ser útil para iniciar una actividad, pero ésta puede ser después mantenida mediante sus propios motivadores intrínsecos.

Por ejemplo, en el aprendizaje, se puede incentivar que los alumnos se enrolen en un determinado programa formativo prometiendo algún tipo de recompensa, pero después se necesita recurrir a los motivadores intrínsecos para conseguir que los alumnos mantengan el interés en completar el programa y además lo hagan con entusiasmo.

Si en cambio tratamos de motivar a los alumnos basándonos exclusivamente en los incentivos (premios o castigos), el resultado es que probablemente esas personas tiendan a reducir rápidamente su nivel de implicación, como los alumnos citados al comienzo de este artículo, porque sentirán que la motivación para el aprendizaje está conducida por fuerzas externas, en lugar de por una decisión interna.

Existen formas de incentivar la motivación intrínseca en el aprendizaje sin necesidad de premiar o castigar a los alumnos.

Por ejemplo, una de las formas de estimular el interés o el aprecio de los alumnos por una actividad consiste en exponerles las razones de su utilidad o pedirles que sean ellos mismos quienes aporten razones para su valoración.

También podemos proyectar intensidad y entusiasmo, transmitiendo de esta forma a los alumnos que los contenidos de aprendizaje son importantes.

O podemos estimular su curiosidad, por ejemplo planteando preguntas o problemas que presenten alguna ambigüedad o que requieran más información  para resolverlos.

O podemos intentar sorprenderles, presentando aspectos inesperados, incongruentes o paradójicos sobre un tema y desafiándoles a resolver la disonancia o conflicto.

Igualmente podemos intentar hacer el contenido abstracto más personal, concreto o familiar, relacionando las definiciones, principios y las informaciones generales o abstractas con experiencias o contenidos concretos relacionados con las vidas particulares de los participantes.

Todo este tipo de actuaciones estimuladoras conforman una de las formas más efectivas de crear una presión positiva en el ambiente que induzca a que todo el mundo quiera esforzarse por aprender y sienta que quiere y debe hacerlo.

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