
Esta frase a menudo citada porque nos
parece graciosa, resulta que a fin de cuentas puede no estar tan alejada de la
realidad como pudiera parecernos.
Repasemos si no, uno de los experimentos
más conocidos realizados por el psicólogo social Solomon Asch, quien pidió a
unos alumnos que participaran en una supuesta “prueba de visión”.
En realidad todos los participantes
del experimento, excepto uno, eran cómplices del experimentador.
El verdadero experimento consistía en
comprobar cuáles son las condiciones que inducen a los individuos a permanecer
independientes o a someterse a las presiones del grupo cuando éstas son
contrarias a la realidad.
En el experimento, los participantes-
el sujeto verdadero y los cómplices- fueron todos sentados en un aula, en
grupos de 7 a
9 personas, y se les pidió que dijeran cuál era, a su juicio, la línea más
larga de entre dos líneas dibujadas en una pizarra.
Los cómplices habían sido preparados
para que todos ellos diesen respuestas incorrectas en las pruebas, antes de que
el sujeto verdadero tuviese que dar su propia respuesta.
Resultó que cuando los sujetos no
estaban expuestos a la opinión de la mayoría, sus respuestas eran siempre
acertadas: decían lógicamente que las líneas largas eran largas, y que las líneas
cortas eran cortas.
Sin embargo, cuando las demás
personas del grupo coincidían en una determinada respuesta incorrecta, más de
una tercera parte de los “sujetos verdaderos” se conformaban con el punto de
vista mayoritario y daban también ellos esa respuesta incorrecta.
Es decir, desoyendo la evidencia que
les presentaban sus propios ojos y cerebros, concordaban con los demás en
que las líneas largas eran en realidad cortas, o al revés.
Y es que, aunque no nos demos cuenta
de ello, el hecho de estar con otras personas formando un grupo, afecta al tipo
de pensamiento que producimos.
Inconscientemente tendemos a evitar
defender puntos de vista que sean demasiado discordantes con la zona media del
pensamiento grupal, y preferimos producir una ilusión de unanimidad, acordando
con lo que dicen todos los demás, aunque choque burdamente con la realidad.
Simplemente no queremos parecer tontos,
o deseamos evitar que los demás nos rechacen, y de este modo preferimos
autoimponernos una censura.
Por supuesto, la acomodación a la presión grupal varía dependiendo de las circunstancias de las personas y de los grupos, pero conviene conocer y tener en cuenta este fenómeno cuando diseñamos o moderamos programas formativos con un fuerte componente de aprendizaje colaborativo.
A menudo, en el aprendizaje colaborativo, la conducta tendente al consenso social puede llegar a inhibir el desafío
intelectual de los participantes, quienes pueden sentirse tentados de adherirse
a la opinión mayoritaria por simple presión grupal.
El moderador o facilitador debe ser
consciente de la existencia de este tipo de dinámicas sociales, y debe ser
capaz de poner en marcha, si hiciera falta, estrategias que intenten
contrarrestar esta tendencia, animando al debate y a la discrepancia razonada.
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