domingo, 26 de mayo de 2013

¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?


En una escena de la película "Sopa de ganso", Groucho Marx le dice a su interlocutor: “¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?"

Esta frase a menudo citada porque nos parece graciosa, resulta que a fin de cuentas puede no estar tan alejada de la realidad como pudiera parecernos.

Repasemos si no, uno de los experimentos más conocidos realizados por el psicólogo social Solomon Asch, quien pidió a unos alumnos que participaran en una supuesta “prueba de visión”.

En realidad todos los participantes del experimento, excepto uno, eran cómplices del experimentador.

El verdadero experimento consistía en comprobar cuáles son las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a las presiones del grupo cuando éstas son contrarias a la realidad.

En el experimento, los participantes- el sujeto verdadero y los cómplices- fueron todos sentados en un aula, en grupos de 7 a 9 personas, y se les pidió que dijeran cuál era, a su juicio, la línea más larga de entre dos líneas dibujadas en una pizarra.

Los cómplices habían sido preparados para que todos ellos diesen respuestas incorrectas en las pruebas, antes de que el sujeto verdadero tuviese que dar su propia respuesta.

Resultó que cuando los sujetos no estaban expuestos a la opinión de la mayoría, sus respuestas eran siempre acertadas: decían lógicamente que las líneas largas eran largas, y que las líneas cortas eran cortas.

Sin embargo, cuando las demás personas del grupo coincidían en una determinada respuesta incorrecta, más de una tercera parte de los “sujetos verdaderos” se conformaban con el punto de vista mayoritario y daban también ellos esa respuesta incorrecta.

Es decir, desoyendo la evidencia que les presentaban sus propios ojos y cerebros, concordaban con los demás en que las líneas largas eran en realidad cortas, o al revés.

Y es que, aunque no nos demos cuenta de ello, el hecho de estar con otras personas formando un grupo, afecta al tipo de pensamiento que producimos.

Inconscientemente tendemos a evitar defender puntos de vista que sean demasiado discordantes con la zona media del pensamiento grupal, y preferimos producir una ilusión de unanimidad, acordando con lo que dicen todos los demás, aunque choque burdamente con la realidad.

Simplemente no queremos parecer tontos, o deseamos evitar que los demás nos rechacen, y de este modo preferimos autoimponernos una censura.
Por supuesto, la acomodación a la presión grupal varía dependiendo de las circunstancias de las personas y de los grupos, pero conviene conocer y tener en cuenta este fenómeno cuando diseñamos o moderamos programas formativos con un fuerte componente de aprendizaje colaborativo.

A menudo, en el aprendizaje colaborativo, la conducta tendente al consenso social puede llegar a inhibir el desafío intelectual de los participantes, quienes pueden sentirse tentados de adherirse a la opinión mayoritaria por simple presión grupal.

El moderador o facilitador debe ser consciente de la existencia de este tipo de dinámicas sociales, y debe ser capaz de poner en marcha, si hiciera falta, estrategias que intenten contrarrestar esta tendencia, animando al debate y a la discrepancia razonada.

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