
Típicamente estas reuniones comienzan con el saludo
protocolario y algunos breves comentarios sociales intrascendentes, para en
seguida pasar a examinar la conducta del alumno en cuestión.
Normalmente, el Tutor llevará preparada una hoja de papel
donde cada uno de los profesores habrá apuntado sus comentarios sobre dicho
alumno.
El Tutor irá repasando entonces estos comentarios uno por
uno, cambiando el semblante y la entonación de acuerdo con el tono de los
mismos.
En algunos casos, sonreirá levemente al reproducir un comentario
de este tipo: “Emilio va bien en la
asignatura”, lo cual casi invariablemente suele ir acompañado de una
apostilla del tipo: “pero puede mejorar
si se esfuerza más”.
En la mayoría de los casos, sin embargo, los comentarios
no serán tan amables. En esos casos, el Tutor adoptará un semblante algo más
serio y leerá algo parecido a: “La
actitud de Emilio en clase no es buena. Se distrae mucho. No presta atención.
Habla con sus compañeros. No siempre trae los deberes hechos. Se nota que no
estudia todos los días, sino que lo deja todo para el final, cuando llegan los
exámenes”.
Invariablemente, si un alumno va “mal” en el
entendimiento del profesor o de la escuela, la culpa es solo suya.
Incluso si todos los alumnos de un curso van mal en una determinada
asignatura, o en todas, la culpa es siempre de los alumnos porque se habrá
creado una “dinámica de grupo perniciosa”.
He asistido a muchas reuniones con tutores, y todavía
estoy esperando la ocasión en que algún tutor explique que la causa del pobre
rendimiento de un alumno sea posiblemente la mala praxis de un profesor, y
menos aún que tal vez la causa pueda estar en la deficiente metodología de
instrucción que se aplica en la escuela.
La culpa siempre es de los alumnos.
Especialmente el tema de la actitud de los alumnos en
clase suele ser un tópico recurrente en casi todas las reuniones con los
tutores.
Según el entendimiento de las instituciones educativas,
los alumnos pueden tener buena o mala actitud.
Un alumno con una buena actitud en clase es básicamente
aquel que permanece todo el tiempo quieto, callado y atento a las explicaciones
del profesor.
Como esto último es más difícil de controlar, los
profesores suelen poner el énfasis en que los alumnos estén quietos y callados,
lo cual casi siempre puede lograrse, en última instancia, si se recurre a
métodos suficientemente expeditivos.
En cuanto a la atención de los alumnos, en muchos casos
la principal o casi única estrategia de los profesores para conseguir que se
mantenga, consiste en interrumpir de vez en cuando sus monolíticas explicaciones
para preguntar por sorpresa a algún alumno que intuyen que anda perdido en sus
ensoñaciones, algo así como: “¿Qué es lo
que acabo de decir, Rodríguez?”.
Mediante esta técnica que pretende ridiculizar al alumno
despistado ante sus compañeros, quizás consigan que el alumno interpelado preste
atención a las explicaciones del profesor durante los siguientes 2 o 3 minutos.
Lo cierto es que los alumnos deben permanecer en clase cada
día lectivo durante un tiempo que suele oscilar entre las 6 y las 8 horas,
atendiendo las explicaciones de profesores cuya principal estrategia formativa
consiste en impartir una clase magistral en la que ellos hablan y los alumnos
deben atender y escuchar.
Después de eso, se suponte que los alumnos deben ir a
casa, hacer los deberes que les han mandado, y dedicarle un tiempo adicional a
estudiar cada día para estar preparados cuando lleguen los exámenes.
Por supuesto, no encontraremos un solo adulto, joven o
niño capaz de prestar plena atención durante tantas horas a algo a priori tan
poco atractivo como un profesor recitando monolíticamente sus lecciones en
clase.
Pero la culpa es de los alumnos.
Aunque no siempre se deba necesariamente a un propósito
deliberado de flojedad y holgazanería por parte de éstos. Algunos alumnos tal
vez tengan simplemente un problema neurológico de déficit de atención.
El síndrome del déficit de atención fue incluido por Leon
Eisenberg por primera vez en 1968 como enfermedad en el “Manual diagnóstico y
estadístico de los trastornos mentales”.
Desde entonces, millones de niños en todo el mundo han
sido diagnosticados con esta enfermedad, y se les ha prescrito fármacos y
estimulantes para tratarla.
En Estados Unidos, por ejemplo, se estima que el 10 por
ciento de los niños en edad escolar toman algún tipo de droga psiquiátrica para
combatir sus “problemas” de déficit de atención o hiperactividad.
Sin embargo, el propio descubridor del trastorno de
déficit de atención afirmó, meses antes de morir en 2009, que se trataba de
"un ejemplo de enfermedad ficticia" –de la que por cierto, han
obtenido pingues beneficios las compañías farmacéuticas.
Lo cual me recuerda a una camiseta que llevaba un chico con
la frase: “Mamá, no tengo síndrome de
déficit de atención. ¡Lo que pasa es que no me interesa!”.
No. La culpa no es de los alumnos.
Tampoco, en la mayoría de los casos, es de los
profesores.
La gran mayoría de profesores que conozco y he conocido
tienen un sano y bienintencionado propósito de ayudar a sus alumnos. Muchos han
abrazado su profesión porque sienten una verdadera vocación por la profesión de
la enseñanza.
Los profesores, como los tutores, son también víctimas de
un sistema que ya no funciona, si es que alguna vez funcionó.
El problema es del conjunto del sistema educativo.
Comenzando por las materias de estudios. En el 99,9% de
los casos, los alumnos no aplicarán jamás la gran mayoría de los contenidos que
deben aprender en la escuela.
Como además, el volumen del conocimiento humano no deja
de crecer exponencialmente, los libros de texto crecen de tamaño año tras año,
sometiendo a una presión adicional a los profesores para impartir todas estas
materias durante sus horas de clase.
El sistema escolar todavía no ha entendido que, a estas
alturas, la principal competencia que necesitan los niños y jóvenes, no es la adquisición
de más y más contenidos técnicos o enciclopédicos de algún tipo, sino la
capacidad de aprender, pensar por sí mismos, desarrollar su creatividad, ser
capaces de localizar la información que necesitan y de utilizarla
productivamente.
Pero los contenidos de las asignaturas no son el único ni
el principal problema del sistema escolar.
Las metodologías de instrucción que todavía se utilizan
en la gran mayoría de los colegios, institutos y universidades de todo el
mundo, son un anacronismo que no tiene en cuenta todo lo que hoy conocemos
sobre la forma como funciona nuestro cerebro y los modos en que aprendemos las
personas.
¿Cuándo entenderán las instituciones que la metodología
de enseñanza consistente exclusivamente en el “yo hablo, vosotros escucháis”,
no funciona?
¿Cuándo comprenderán que se requiere captar la atención
de los alumnos, despertar su curiosidad, intrigarles, sorprenderles,
entusiasmarles?
¿Cuándo se darán cuenta de que deben variar sus
estrategias de formación, combinando y alternando diferentes metodologías,
introduciendo contenidos multimedia, generando dinámicas de participación,
animando la colaboración, introduciendo dinámicas de juego,
promoviendo la búsqueda y la exploración, esforzándose en convertir lo difícil
y árido en comprensible y divertido?
¿Cuándo, en fin, entenderán que la sociedad actual no
necesita trabajadores aborricados con buena actitud, sino personas llenas de
confianza e ilusión, deseosas y capaces de aprender, de adquirir, procesar y
asimilar nuevos conocimientos y capacidades, de pensar y decidir en ambientes
de ambigüedad e incertidumbre, de adaptarse al cambio constante, de desarrollar
un pensamiento original y divergente, de atreverse a hacer lo que nadie hace,
de crear e innovar?
Mientras llega ese momento –y llegará-, los padres
seguiremos yendo a las reuniones con los tutores para que nos expliquen que la
culpa es siempre de los alumnos.
Después firmaremos el acta de la reunión, intercambiaremos
el obligado saludo protocolario y nos despediremos. Hasta la próxima vez.
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