
En una tierra inmensa, yerma e
inhóspita, pueblos bárbaros y guerreros estaban en constante conflicto entre
sí, haciéndose la guerra mutuamente en batallas sangrientas e interminables,
luchando por los pastos, los rebaños y los ajuares.
Temudjin, que llegaría a ser conocido
como Genghis Khan, el mayor conquistador de todos los tiempos, vino al mundo
hacia el año 1165, hijo de un caudillo mongol, pueblo que en ese momento no era
uno de los más poderosos de la estepa.
Cuando Temudjin tenía 11 años su
padre se cruzó durante un viaje con una tribu rival, cuyo jefe le invitó a un
banquete.
Según las costumbres, no podía
rehusar si no quería ser declarado enemigo mortal.
En el banquete le sirvieron carne
envenenada, a resultas de lo cual acabaría muriendo unas semanas después.
Temujin tenía en ese momento 11 años,
y las tribus que habían estado bajo el mando de su padre consideraron que era
demasiado joven para obedecerle.
La mayor parte de ellas le fueron
abandonando y dispersándose, hasta que solo quedaron su madre y sus ocho
hermanos y medio hermanos.
A partir de este momento la familia
de Temudjin se vio abocada a reunir los restos de su mermado rebaño y a
intentar sobrevivir pescando o cazando con sus arcos.
Poco a poco fueron incorporándose a
su grupo numerosos individuos jóvenes, antiguos amigos de la infancia o
muchachos en su misma situación.
Al cumplir los 15 años, Temujdin era
un chico fuerte y fornido, con un cuerpo voluminoso como el de un hombre mayor.
Se dirigió a la tribu donde se
encontraba la novia con la cual su padre le había prometido cuando aún era un
niño, y allí celebraron sus esponsales.
Los festejos duraron muchos días y
fueron magníficos.
Al emprender el regreso, gran número
de amigos y amigas de su esposa se unieron a ellos, y pronto Temudjin era el
jefe de un numeroso poblado.
Durante unos años, este poblado vivió
en la despreocupación, la arrogancia y la alegría.
Los jóvenes pasaban el tiempo cazando
o celebrando festines.
Alegre era el día y despreocupada la
noche.
Ningún centinela vigilaba el sueño de
sus compañeros.
Pero una noche, mientras todos dormían,
un griterío salvaje perturbó repentinamente la paz nocturna.
Un grupo de guerreros forasteros estaba
asaltando el campamento, echando antorchas encendidas en las tiendas y
llevándose el ganado.
Los asaltantes mataron a cuantos
hombres se resistieron, robaron el rebaño, las tiendas y las mujeres y luego se
marcharon rápidamente.
Milagrosamente, Temudjin y algunos de
sus hombres habían podido escapar al principio del ataque, y esconderse en un
paraje cercano hasta la marcha de los atacantes.
Cuando todo hubo terminado,
regresaron al campamento y se encontraron con que no quedaba nada.
Temudjin reunió los restos
diseminados de sus hombres, y se dirigió a la poderosa tribu de un antiguo
aliado de su padre, solicitándole ayuda para recuperar a su esposa y a las
demás mujeres que habían sido hechas esclavas.
El príncipe accedió y le ofreció una
tropa numerosa.
En cuanto se difundió la noticia de
que Temudjin marchaba al frente de un poderoso ejército, de todas partes
comenzaron a acudir algunas de las tribus mongoles que habían estado bajo el
caudillaje de su padre, y se pusieron bajo su mando.
Las tropas alcanzaron y rodearon a
los raptores, les pasaron a cuchillo hasta el último, y recuperaron a las
mujeres y el ganado robado.
En la tienda del jefe, Temudjin encontró
a su mujer llevando en sus brazos a su hijo recién nacido.
Como no sabía si aquel primogénito
era realmente su hijo, le llamó Dschutschi –el huésped.
Después de este episodio, Temudjin aprendió
la lección y nunca más volvería a mostrarse indolente o despreocupado.
En cambio se volvió precavido,
prudente hasta el extremo, e implacable.
Durante los siguientes años, se
dedicó a fortalecer su poder, acoger a cualquier guerrero que quisiera unirse a
ellos, y a constituir un verdadero ejército formado por tropas fieles y selectas.
Les entrenó en la disciplina y las maniobras
militares, convirtiéndoles en guerreros más fieros, más salvajes, más duros y mejor
entrenados que sus adversarios.
También creó un servicio de información
con mensajeros que debían avisarle del más mínimo incidente que tenía lugar en
el seno de sus tribus vasallas o en sus contornos.
De este modo Temudjin, ahora
investido como Genghis Khan, consiguió crear una extraordinaria maquinaria
militar que no tenía rival en su época, gracias a la cual llegó a construir el
imperio más extenso de la historia.
Cuando revisamos la vida de Genghis, observamos
que hubo un momento crucial que marcó un antes y un después en su existencia.
El episodio en el que los guerreros forasteros
asaltaron su poblado paradisíaco fue un trance dramático que le situó al borde
de la destrucción.
Podemos imaginar el dolor moral que
debió sentir al ver como su mundo feliz se derrumbaba en un instante, su
poblado era destruido, su ganado robado y las mujeres, incluida la suya,
raptadas y sometidas a la esclavitud sexual.
Genghis pudo haberse derrumbarse en
ese momento, pero en lugar de eso supo aguantar y aprovechar el más mínimo
resquicio que le ofrecía la situación, para darle la vuelta y recuperar el
control.
Cuando el puñal del punzante dolor
tocó su alma, no se desmoronó.
Por el contrario, se volvió un hombre
psicológicamente mucho más fuerte.
Y durante el resto de su vida, ya
nunca volvería a abandonar el don de la implacabilidad, consigo mismo y con los
demás.
Jamás volvió a incurrir en la
arrogancia o la autocomplacencia.
Por el contrario, aplicó en todo
momento la más férrea voluntad, disciplina y autocontrol emocional.
Incluso cuando se encontraba en el
apogeo de su poder, siguió durmiendo en una simple tienda, en lugar de hacerlo en
algún majestuoso palacio.
Y era proverbial la escasa ración
alimenticia que tomaba, basada casi exclusivamente en una dieta carnívora y
láctea obtenida de su ganado, y que para sus vecinos sedentarios representaba
simplemente una dieta de hambre.
Como le sucedió a Genghis, a veces es
el concurso del dolor, cuando ese dolor llega a ser casi insoportable, lo que
nos ayuda a volvernos implacables, superando así el hilo de una vida demasiado insustancial
y anodina.
Carlos Castaneda lo describía de esta
forma:
La muerte es la compañera inseparable
del guerrero; se sienta a su lado.
Cada trocito de conocimiento que se
vuelve poder, tiene a la muerte como fuerza central.
La muerte da el último toque y lo que
la muerte toca se vuelve de verdad poder.
La muerte es nuestra eterna
compañera; siempre está a nuestra izquierda a la distancia de un brazo.
Cuando estés impaciente, lo que debes
hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte.
Una inmensa cantidad de mezquindad se
pierde con sólo saber que está vigilándote.
La muerte es la única consejera sabia
que tenemos.
Cada vez que sientas, como siempre
haces, que todo te está saliendo mal y que estas a punto de ser aniquilado,
voltea hacia tu muerte y pregúntale si es verdad; ella te dirá que te
equivocas; que nada importa en realidad más que su toque.
Tu muerte te dirá: todavía no te he
tocado.
El guerrero piensa en su muerte
cuando las cosas pierden claridad.
El guerrero considera a la muerte la
consejera más tratable, que también puede venir a ser el testigo de todo cuanto
uno hace.
La idea de la muerte es lo único que
templa nuestro espíritu.
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