sábado, 9 de noviembre de 2013

Aprender a fracasar para aprender a triunfar

“Bobby” Fischer nació en 1943.
Sus padres se separaron cuando él tenía dos años.
La madre se trasladó con él y su hermana mayor a Brooklyn, Nueva York.
Aquí Bobby aprendió ajedrez con sólo seis años, con un tablero que su madre le compró en una tienda del barrio.
Aprendió literalmente con el manual de instrucciones de la caja.
La obsesión del pequeño Bobby por descifrar aquel juego fue creciendo paulatinamente hasta que llegó un momento en que comenzó a incomunicarse del resto del mundo.
Ya que no se interesaba por nada ni nadie que no supiera jugar al ajedrez.
Fischer fue un autodidacta hasta que su madre le inscribió en un club de ajedrez del barrio, y a los 10 años participó en su primer torneo.
A partir de ahí, Bobby Fischer empezó a ganar competiciones hasta batir todas las marcas posibles.
Fue el Campeón Nacional de EEUU más joven -ganó las ocho veces en que participó.
Y alcanzó el nivel de Gran Maestro Internacional de menor edad de la historia, con 15 años.
Fischer abandonó entonces la escuela para dedicarse enteramente al ajedrez.
Dedicaba 14 horas diarias a esta pasión.
Llegó a llenar la vivienda que compartía con su hermana y su madre de tableros de ajedrez para jugar varias partidas simultáneas contra sí mismo.
Iba de una habitación a otra para desafiar sus propios movimientos.
Con un coeficiente intelectual de 184 -Einstein tenía 185, y la media es 100- y esa obsesión obsesiva por el ajedrez, el joven adolescente empezó a realizar grandes progresos.
Al mismo tiempo adquirió manías y excentricidades que llegarían a ser muy conocidas.
En especial, Fisher adoraba ganar –“Me gusta el momento en que quiebro el ego de un hombre”, dijo en una ocasión.
Y tenía un miedo patológico a perder.
Cuando lo hacía, se enfadaba al punto de llorar de rabia.
En 1972 llegó su gran oportunidad para hacerse con el campeonato del mundo, enfrentándose en Islandia con el ruso Boris Spassky, Campeón del Mundo.
Spassky era el líder de una generación de estrellas del ajedrez entrenados a conciencia por el régimen soviético.
En seguida el duelo se convirtió en una escenificación a pequeña escala de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.
Pese a su extraordinario talento para el ajedrez, Fisher se sentía paralizado por el miedo a perder.
Estuvo a punto de no viajar a Islandia para enfrentarse a Spassky, alegando motivos tales como que la televisión islandesa no emitía su programa favorito.
Ya en el avión camino de Islandia, sufrió un nuevo ataque de ansiedad y quiso bajarse del avión en pleno vuelo porque dijo temer que lo derribase un misil soviético.
Una vez en suelo islandés, amenazó de nuevo con la espantada, pero un canadiense millonario dobló el premio y los 250 mil dólares terminaron por convencerlo.
Empezó la competición y Fischer perdió la primera partida.
Después faltó a la segunda, en protesta porque dijo haber detectado una cámara oculta que le estaba grabando.
A punto de retirarse, el presidente norteamericano Richard Nixon pidió a su secretario de Estado, Henry Kissinger, que interviniese.
Éste le llamó personalmente para convencerle.
“Soy el peor jugador del mundo que llama al mejor del mundo”, le dijo Kissinger a Fischer para que reconsiderase su decisión de no jugar.
El torneo continuó y Fischer acabó demostrando su neta superioridad sobre su oponente.
Mientras Spassky se retiraba a su habitación tras cada movimiento para analizar su respuesta, rodeado de 30 expertos soviéticos, el joven ajedrecista estadounidense se marchaba a jugar a los bolos.
Ahora estaba decidido, no sólo a ganar a su oponente, sino también a humillarle.
Finalmente, desesperado y bloqueado ante los movimientos de su genial adversario, Spassky terminó rindiéndose y Fischer se convirtió en el nuevo Campeón Mundial de ajedrez.
A su regreso a EEUU, Bobby Fischer fue recibido apoteósicamente como un verdadero héroe americano.
La prensa le agasajó y le llovieron contratos millonarios, aunque él los rechazó casi todos.
Nunca antes el ajedrez había sido tan popular.
El número de ajedrecistas en todo el mundo creció espectacularmente.
Y el nombre de Bobby se puso de moda en los Estados Unidos entre los recién nacidos, como sinónimo de inteligencia y esfuerzo.
Sin embargo, Fischer nunca volvería a competir en un torneo oficial.
Su miedo a perder le impediría volver a hacerlo, porque el ajedrez –o más bien ganar al ajedrez- era demasiado importante para él.
En el año 1975, ante sus reiteradas negativas a defender su corona frente a la brillante promesa rusa Anatoly Karpov, la Federación Internacional de Ajedrez le retiró el título de Campeón del Mundo.
Desde entonces, Fischer residió en diferentes países.
Casi siempre lo hizo sólo, arruinado, viajando a menudo como un vagabundo y denunciando en las emisoras locales ser objeto de complots internacionales contra su persona.
El 18 de enero de 2008 Bobby Fischer falleció en Islandia, a los 64 años.
La historia de Fisher ha sido considerada como un caso paradigmático de la estrategia preventiva contra el fracaso, cuando es llevada al extremo.
Pese a ser uno de los mejores jugadores de ajedrez de la historia, Fisher no estaba dispuesto a arriesgarse a perder.
Eso habría puesto en peligro su propia autoestima, la reputación que tenía de sí mismo.
Y para evitarlo, elucubró mil estratagemas que obligasen a descalificarle.
De este modo podía conservar la vitola de campeón imbatido, sin tener que enfrentar el riesgo de ser derrotado en un torneo oficial.
Como Fisher, muchas personas practican el auto-sabotaje, llevado a cabo generalmente de modo inconsciente, para proteger su propio sentido de la valía personal.
Las diversas modalidades y versiones de este tipo de comportamientos son mucho más frecuentes de lo que pudiera parecer.
Se manifiestan a través de conductas como el autoengaño, la negación, o la atribución de culpas a terceros.
Parece una buena estrategia, porque juegas sobre seguro.
Crees que no puedes perder en este juego, que sólo puedes ganar.
Pero el caso paradigmático de Bobby Fisher nos demuestra lo erróneo de esta forma de pensar.
Recordemos lo que dijo una vez Michael Jordan, considerado por muchos como el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos:
“He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera.
He perdido casi 300 partidos.
En 26 ocasiones, se me confió realizar el lanzamiento decisivo del que dependía la victoria en el partido y fallé.
He fracasado una y otra vez y otra vez en mi vida.
Y eso es precisamente por lo que he triunfado”.

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